viernes, 31 de diciembre de 2010

Balance 2010: Piñera en el país de los no-sujetos

El ánimo en las calles: se termina este año de mierda, este 2010 plagado de desastres sociales y personales, crucemos los dedos para este próximo año. Como un buen optimista-realista me alegro de la útil ilusión de pensar que una fecha arbitraria puede cambiar nuestra suerte, y me sumo a la celebración.

Ahora, tuvimos un terremoto y muertos como nunca, tuvimos mala salud y los desastres de siempre. Nada de eso se compara al principal desastre del último tiempo: la llegada democrática de Sebastián Piñera al poder y el enseñoreamiento de la derecha en las pocas instituciones que le faltaba por dominar. Ante eso, debería quedar claro que no hablamos de un cambio de suerte, algo que mágicamente se produjo hace casi un año, de un accidente. El hecho de que Frei fuera de candidato de la Concertación dejaba claro (visto en retrospectiva, por supuesto) que se venía la profundización de todo aquello que estaba creciendo año tras año con esa mezcla muy chilena de desparpajo y pudor: un fascismo-liberalismo aniquilador del espíritu crítico y de la dignidad de las personas que se toma el sentido común y se instala a vivir ahí, en los discursos que transmiten las antenas de televisión, en las pantallas e interfaces que cada día tratan de sobrecargar nuestra experiencia, en las relaciones laborales o vecinales con los otros.

Hoy el país es más pobre que antes, aunque queda claro que ese proceso no comenzó en enero de este año. Somos pobres cívicamente, pobres emocionalmente, pobres en salud mental y en poder y dignidad. Sobre todo en poder y dignidad. Recuerdo un lúcido fragmento de "Mano de obra" de Diamela Eltit en "Mano de obra", donde el grupo de trabajadores del Líder (no lo dicen, pero es la cadena de supermercados Líder) se enoja, se indigna, se aterroriza con la intención de uno de ellos de formar un sindicato.

Lo maravilloso de la historia es que estos trabajadores explotados no sólo están en desacuerdo, sino que no se lo explican, no tienen una explicación racional para el comportamiento de este proto sindicalista desarraigado: para ellos es tan alienígena como promover la religión Jedi o intentar invocar a los muertos con el Necronomicón. Terminan diciendo que el tipo es malo, malo de adentro, y que esa es la única explicación posible para que alguien quiera hacer algo así.

Está lejos de mi intención rasgar vestiduras o criticar a esos personajes. Mi caso personal: en algún momento, en un lugar donde trabajaba, vino a vernos la señora que hacía el aseo en nuestro piso. Siempre conversábamos con ella, y así sabíamos que las condiciones laborales con las que trabajaba no eran muy dignas. Quizás estaban pagadas de acuerdo al mercado, pero además del sueldo mínimo (y hay gente que quiere pagar menos que eso) estaba el problema de que no podían tener licencia, o de que cuando tuvo un accidente laboral no le dieron permiso para ir a la mutual de seguridad sino que le pagaron a la posta y le dieron la mitad de días de permiso de los que el médico le recetó. Todo eso sirve de contexto para volver al momento en que fue a vernos esta mujer y nos pidió un consejo, a mí y mis colegas, profesionales, relativamente bien pagados, o al menos pagados como parte del último quintil. Su pregunta era: ¿me uno o no a las otras señoras del aseo que están formando un sindicato?

Me miro con mis colegas y no sé qué hacer. ¿Qué le vamos a decir? Sí, aguante, forme un sindicato, luche por sus derechos y su libertad y su dignidad o enfrente la muerte. Obviamente es más fácil para mí decirlo sin tener esa situación de mierda, esa posibilidad de ser fácilmente sustituida por otra persona. Más fácil para mí hacerlo en cuanto mis posibilidades de encontrar otro trabajo si pierdo el mío sin normales. ¿Pero cómo actuar responsablemente en este caso en particular?

No hay solución, no la había. Le dijimos que si quería hacerlo, que lo hiciera, pero con cuidado. Que no estuviera en la primera línea. Que si alguien lo estaba haciendo, la apoyara, pero que tuviera cuidado. Cuidado. Cuidado. Que si tenía algún problema que nos dijera.

Una semana más tarde nos contó que, al cuartucho donde guardaban sus cosas y se reunían las aseadoras (un cuartucho que daba a una escalera en el último piso de mi ciudad gris por fuera y por dentro) llegó como una tromba una mina de la administración central de la pyme de aseo (una empresa familiar que daba servicios de aseo a muchos edificios) a preguntar, indignada, emputecida, furiosa, a quién se le había ocurrido la idea de hacer el sindicato. Pidió la lista de gente que estaba inscrita, amenazó con removerlas a todas a edificios diferentes, o echarlas a todas sin contemplación ni indemnización. El caso se resolvió en la remoción de la alborotadora que había comenzado la idea, y en la lucha sindical con un objetivo único y finalmente obtenido: la destrucción y no entrega de la lista de inscritas.

La señora se salvó, al menos en ese momento. Nosotros estábamos viendo otras luchas, luchas donde la contraparte no tenía rostro ni maldad, sino simple estupidez y burocracia. El año avanzó, pasaron los meses, los ejemplos de esta anécdota se hicieron más visibles con esta misma forma: desempoderamiento, falta de dignidad, a todo nivel, a toda escala. Desde una ex coalición de gobierno transformada en una serie de reclamos por estupideces, una oposición al gobierno centrada en la dislexia del presidente, una izquierda que recién se daba cuenta de que nadie la pescaba, una capa de ilustrados pensando en cómo salvar su pellejo y su autoestima atacando al enemigo por ser enemigo, como si ser facho fuera un defecto que se pudiera curar antes que una forma de ver el mundo a la que debemos oponernos y combatir.

Y los reclamos. El "este" país. El lamento porque la derecha es tan derechista, las críticas al gobierno por querer hacer lo que siempre dijeron que iban a hacer. El reclamo a las élites por comportarse como élites. La petición al presidente de que sea menos él, menos consecuente con sus propia historia, de que no sea tan eficiente en construir el camino para el Chile y el mundo que están soñando, este post-fundo tardocapitalista donde todas las personas y las relaciones humanas y las instituciones son limones hechos de centavos que hay que estrujar lo más que se pueda.

Lo veo en las columnas de gente ilustrada y con postgrados que se queja al gobierno por ser elitistas en su nueva reforma a las Becas Chile y exige más meritocracia. Lo veo en la gente que exprime su tarjeta líder para comprar ahora los cuadernos de sus cabros chicos para el próximo año.

Gente, de clase baja y de clase alta, sin estudios o ilustrada, que cree en la meritocracia, en las libertades individuales, en los derechos civiles y en el estado laico, pero no cree en las luchas sociales. Gente que cree que esas cosas llegaron con los siglos, como llegan las estaciones del año, y no que hubo gente matándose o exprimiendo su inteligencia o defendiendo en selvas y congresos su posición y sus dignididades. Gente que habla en neutro, en cosas que "se" logran y en un país donde "se" avanza, y no usa el sujeto para nada.

Gente que quiere renunciar a ser sujeto. Y mira tú qué novedoso: lo estamos logrando. Hay toda una nueva forma de gobernar que nos ayuda.

Gente que tiene la idea de que la situación mejora porque uno pide que mejore. Y si pide con bastante fuerza, como se le piden las cosas al Viejito Pascuero, puede que ocurra así.

Pero somos adultos y lo sabemos, aunque cueste admitirlo: el Viejito Pascuero, simplemente, no existe.


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