martes, 30 de agosto de 2011

Lápices de cera de color verde

Quiero contarles algo. Cuando niño, mi papá no estaba con nosotros. Estaba relegado, y nos mandaba cartas.

(Si algún estúpido aparece con la cantinela de que no era una blanca paloma, le aclaro que, incluso bajo esa lógica retorcida, lo único que hizo fue ser un buen periodista: fotografiar donde otros no querían, despachar sobre lo que veía, firmar junto a otros profesionales de Arica una declaración pública contra la dictadura).

Las cartas tenían dibujos que hasta hoy recuerdo más que sus palabras: trazos torpes y gruesos, monigotes sonriente hechos con lápices de cera. Y los colores describían un mundo increíble, tan exótico como puede serlo el sur profundo para un niño criado en el desierto. Rojo y negro para el vino, café oscuro para los árboles y cabañas, azul para los ríos. Hasta hoy esos dibujos son un refugio en el corazón y una guía de viaje hacia ese bosque que crecí añorando, esos cerros que, a diferencia de los del desierto, tenían que pintarse con capas y capas de verde, un color sencillo que evocaba el aliento fresco de las hojas, el rumor húmedo y quieto que sólo conocería años después.

En lápiz verde también estaban dibujados los pacos.

Eran pacos rasos, campesinos como mis bisabuelos, bonachones y medio pesados a veces. En algún dibujo, creo, imagino, aparecían comiendo todos, relegados y pacos que los cuidaban, en la misma mesa. En alguna crónica que leí décadas más tarde, mi papá también recuperaba eso, la buena onda de los pacos rasos, muchos de ellos obligados a un rol que no querían, esperando que pasaran los años malos. Puedo dar fe: a pesar de todo lo que nos hicieron ellos y los milicos, mi viejo nos educó a no tenerles miedo, a no demonizarlos.

No resultó. Al menos lo primero. Sigo creyendo que el odio es una actitud indigna y estéril, y evitándolo. Ojalá pudiera decir lo mismo del miedo y de su hija, la violencia. Era difícil crecer sin miedo a los pacos en esos años, como bien lo saben todos de mi generación para arriba, como bien lo siguen sabiendo en estos años "democráticos" los niños de las poblaciones, como han felizmente ignorado las generaciones nuevas que hoy están cambiando el país.

Acá se acaban las evocaciones y comienza la lucidez. Sabemos lo que ocurre. No podemos sostener más tiempo la mascarada. Acabo de ver el video del General Gordon indignándose por televisión contra los pacos rasos que, según él, le mintieron y enlodaron a su noble institución. Y le pregunto, General: ¿espera que le creamos? ¿Espera que neguemos los informes internacionales, las múltiples denuncias, el estudio de la FLACSO sobre 56 casos de violencia excesiva acabada en muerte, el testimonio de los mapuche en el sur, la evidencia donde se oye "Métele Balazo" antes de matar a Matías Catrileo, las noticias sobre asesinos de uniforme con condenas rebajadas que siguen en su trabajo, el ocultamiento de evidencia, la mentira y el montaje, sus justificaciones a la violencia excesiva? ¿Esperan que todos los videos que hemos visto en estos días con los excesos nos hagan pensar que son excepciones, y no una política de estado?

Por estos días corre un hashtag en twitter titulado #RenunciaHinzpeter, aludiendo a la cobardía de un ministro que no quiere asumir sus responsabilidades. La lucidez no se apaga, y la mascarada se sigue cayendo: todas esas muertes a manos de carabineros fueron hechas en democracia. En los gobiernos de la Concertación fue que se ampararon los casos que he enlazado en el párrafo anterior. En el gobierno de Bachelet, esa señora de mirada cariñosa y acogedora, se profundizó la militarización de la Araucanía, se utilizó como política estatal contra delitos comunes la Ley Antiterrorista promulgada por Pinochet. No recuerdo a ninguno de los ministros y parlamentarios concertacionistas exigir la renuncia de los ministros del interior por esas muertes a manos de Carabineros.

Todos los sabemos. Cincuenta estornudos por hora no son hechos aislados, son una gripe. Todas estas muertes son posibles porque existe un andamiaje institucional profundamente represor y antidemocrático en las instituciones que hemos formado o cuya formación hemos soportado sin chistar. Una violencia que está presente y que nos es fácil ignorar. Acá hablo por los que estamos más cerca de tener la responsabilidad, los profesionales y clases medias que vivimos en Santiago y estamos lejos del poder pero aún mucho más cerca que las mayorías excluidas que a duras penas se abren espacio. Nos es fácil ignorarla porque le toca a los otros, a los Mapuche en el sur, a los hijos de la desesperación en las poblaciones. Nos es fácil no profundizar porque la información y evidencia flagrante de estos casos no aparece en Informe Especial ni en La Tercera ni El Mercurio. Nos es fácil seguir el cuento porque queremos mantener la idea de que esto no ocurre, de que los pacos nos protegen de los otros, los violentos, los marginales, los locos. Tienen que venir a correr la línea un poco y gasearnos todo el centro y llenarnos YouTube de evidencia para que les creamos. Tiene que morir un niño que llevaba a su hermano parapléjico a ver las protestas en su propio barrio, así de inocente, para que se caiga la mentira de que los muertos 'son los que están haciendo una guerra', 'obligaron a actuar a carabineros', 'no eran blancas palomas'.

Murió este niño esta semana, pero la razón y el recuerdo y la lucidez nos impiden creerles que son 'hechos aislados'. No le creemos las lágrimas de cocodrilo a ese general cobarde que usa su falsa indignación para ocultarnos el secreto a voces de sus prácticas violentas. No le creemos a ese ministro que opina que la muerte de un tipo de ser humano es más grave que la de otro. Y tampoco le creemos a los oportunistas que callaron cuando en su gobierno "democrático" ocurrían y se amparaban estos mismos hechos. No les creemos sus palabras. Demandamos sus acciones. Exigimos que cambien de verdad.

El miedo que tuve durante años a carabineros fue cediendo, junto con el de la ciudadanía completa, según contaron las encuestas, a una aceptación de su rol necesario, de su forma cuadrada de pensar, de sus buenas intenciones. He visto niños en jardines volver a cantar la canción del Carabinero, recibirlos en los colegio, pintar dibujos sobre ellos con los mismos lápices de cera verde que yo vi cuando tenía 3 años. Ahora miles de carabineros honestos, de esos que trabajan de sol a sol por un bajo sueldo, van a volver a ser temidos en las calles y apuntados con el dedo o con armas. No pueden quejarse porque no tienen derecho a asociación, algo totalmente innecesario en una policía que no está en guerra sino que debe proteger a la población. Es por ellos, y por el miedo que ahora vuelvo a sentir y la pena que me da haber perdido ese triunfo sobre el miedo, que esas responsabilidades políticas deben asumirse. Es por eso que los que vivimos lejos de estos casos no podemos seguirlos ignorando. Mientras nuestras sociedades no cambien y no podamos renunciar a tener policías, debemos asegurarnos de que podemos confiar, aunque sea un poco en ellos.

Es esa confianza la que el ministro Hinzpeter no puede entregarnos y Bachelet no podrá prometernos cuando vuelva a pedir nuestros votos. Esa necesidad de creer que los asesinatos de carabineros son hechos aislados y no políticas institucionales secretas amparadas por el estado. El miedo y la violencia están en todas partes hoy, dentro de cada persona, de cada institución, y todos sabemos qué nos toca en esa pelea. Enfrentar las injusticias económicas y sociales es una parte. Otra: asegurarnos que lo que llamamos estado de derecho no tenga excepciones con los mapuche, con los que se manifiestan, con los marginados, con los que no estamos de acuerdo con el modelo y queremos cambiarlo. Para mí significa recordar que, por más que a algunos les parezca legítimo salir a quemar el mundo como respuesta a la injusticia y sea difícil convencerlos de seguir aguantando, todavía podemos y debemos seguir intentando sin odio, sin miedo, sin violencia, lograr de frente los cambios que necesitamos para que este país merezca algún día su justicia, su libertad, y esa línea de su himno que dice: el asilo contra la opresión.

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